El periodismo no puede ser neutral ante la destrucción ambiental
Benny Rodríguez
En tiempos en que una parte importante de la comunicación pública parece estar dominada por la chismografía, el escándalo y la banalización de los asuntos verdaderamente trascendentes, resulta oportuno reflexionar sobre el papel que debe desempeñar el periodismo frente a los grandes desafíos que amenazan no solo el presente, sino también el futuro de nuestras comunidades.
La marcha convocada por la Coalición Enriquillo en defensa del medio ambiente y los recursos naturales no constituye una simple actividad de movilización social. Es, sobre todo, una expresión legítima de ciudadanos preocupados por la protección de un patrimonio que pertenece a todos: nuestros ríos, montañas, bosques, costas y ecosistemas. Es la defensa de lo que el fallecido Papa Francisco definió como “nuestra casa común”.
Ante situaciones como estas surge una pregunta inevitable: ¿debe el periodismo limitarse a observar desde la distancia o asumir una posición activa en favor de causas que afectan el interés colectivo?
Estoy convencido de que el periodismo responsable no puede ser indiferente cuando están en juego bienes comunes esenciales para la vida. Defender el medio ambiente no constituye militancia partidaria ni adhesión ideológica. Es una responsabilidad ética y social. El periodista tiene el deber de investigar, denunciar, fiscalizar y visibilizar aquellas acciones que ponen en riesgo los recursos naturales de los cuales dependen las presentes y futuras generaciones.
La objetividad periodística no significa neutralidad frente al daño ambiental. Significa apego a los hechos, rigor en la investigación y honestidad en la presentación de la información. Pero cuando las evidencias muestran contaminación, degradación de ecosistemas, explotación irracional de recursos o incumplimiento de las leyes ambientales, el silencio deja de ser prudencia para convertirse en complicidad.
Mientras algunos espacios informativos dedican horas de transmisión y páginas enteras a la polémica estéril, a la vida privada de las personas o a escándalos pasajeros diseñados para captar clics y audiencias, problemas fundamentales como la degradación ambiental continúan recibiendo una atención insuficiente. Se trata de una preocupante inversión de prioridades que afecta a buena parte de nuestras sociedades.
Las comunidades del Suroeste, particularmente las que integran la Región Enriquillo, conocen de cerca la importancia de preservar sus recursos naturales. La riqueza ambiental de esta zona no solo representa belleza paisajística. Constituye una fuente de vida, desarrollo sostenible, turismo responsable y bienestar para miles de familias.
La provincia de Barahona y toda la región enfrentan desafíos ambientales que demandan una vigilancia permanente de la ciudadanía, de las autoridades y de los medios de comunicación.
Entre ellos destaca la defensa de Bahoruco Oriental, una zona de enorme valor ecológico sometida a presiones derivadas de actividades extractivas desarrolladas por la empresa Belfond Enterprise, situación que ha generado preocupación en diversos sectores sociales, comunitarios y ambientalistas.
Del mismo modo, el debate en torno a la exportación de materiales a través del puerto de Barahona, vinculada al empresario banilejo Maikel González, ha colocado sobre la mesa interrogantes legítimas sobre la sostenibilidad ambiental de estas operaciones, la transparencia de los procesos de autorización y supervisión, así como el necesario equilibrio entre el aprovechamiento económico de los recursos y la preservación de los ecosistemas.
A estos temas se suman otros problemas históricos y emergentes: la deforestación, la extracción indiscriminada de agregados de los ríos, la contaminación de fuentes acuíferas, los incendios forestales, la ocupación irregular de áreas protegidas, el manejo inadecuado de residuos sólidos y los efectos cada vez más visibles del cambio climático sobre las comunidades costeras y rurales.
Todos ellos representan amenazas reales para el patrimonio natural de la región y para la calidad de vida de las generaciones presentes y futuras.
Frente a estos desafíos, el periodismo comprometido con el interés público no puede limitarse a reproducir declaraciones oficiales o comunicados empresariales. Su deber es investigar, contrastar informaciones, dar voz a las comunidades afectadas y contribuir a que la sociedad disponga de los elementos necesarios para comprender la dimensión de los problemas y participar en la búsqueda de soluciones sostenibles.
Por eso, la marcha convocada por la Coalición Enriquillo merece ser cubierta con profundidad y responsabilidad. No como un simple acontecimiento coyuntural, sino como parte de un debate nacional sobre el modelo de desarrollo que queremos construir y sobre la relación que deseamos mantener con nuestros recursos naturales.
El periodismo que honra su compromiso con la sociedad debe acompañar estas luchas desde su misión fundamental: informar con veracidad, denunciar los abusos, exigir transparencia a las autoridades y contribuir a la formación de una ciudadanía consciente y participativa.
Porque cuando se destruye un bosque, se contamina un río o se compromete un ecosistema, no solo se pierde un recurso natural. También se erosiona una parte del futuro colectivo.
Y frente a eso, el periodismo digno no puede refugiarse en la indiferencia ni distraerse con el ruido de la chismografía, el espectáculo y los escándalos pasajeros.
La defensa del medio ambiente no admite espectadores pasivos.
Tampoco debería admitirlos el periodismo.
Benny Rodríguez es periodista, egresado de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), activista comprometido con la defensa del medio ambiente y de los recursos naturales de la Región Enriquillo.



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