El Laberinto de la Imprudencia.
Por pastor y comunicador Miguel Feliz Gómez
La sociedad dominicana se encuentra hoy frente a un espejo que devuelve una imagen inquietante. No es solo el ruido de los motores o la prisa desmedida en nuestras arterias viales; es el síntoma de una patología más profunda que erosiona el tejido de la convivencia civilizada.
El origen de este mal no es fortuito. Se cimenta en una debilidad institucional que ha permitido que la ley sea interpretada como una sugerencia y no como un mandato imperativo. A esto se suma:
1. La erosión del civismo: Hemos sustituido la cortesía por la ventaja, y el respeto al derecho ajeno por la imposición de la fuerza.
2. Carencia de régimen de consecuencias: Cuando la infracción no halla castigo, la impunidad se convierte en el combustible del desorden.
Las secuelas de este comportamiento no se miden solo en estadísticas frías, sino en el luto que golpea las puertas de las familias dominicanas.
- Fragmentación social: Se pierde la confianza en el prójimo, convirtiendo el espacio público en un campo de batalla.
-Drenaje Económico: El Estado destina recursos ingentes a paliar tragedias que pudieron evitarse, restando inversión a sectores vitales como la educación y la salud.
-Desasosiego Colectivo: Vivimos en un estado de alerta permanente, donde la paz mental es un lujo sacrificado en el altar del caos cotidiano.
¿Como podemos paliar este flagelo?
Para disminuir este flagelo, no bastan los operativos mediáticos ni las promesas de coyuntura. Se requiere una cirugía profunda en nuestra cultura ciudadana y acciones concretas tales como:
1. Educación vertical: Desde el hogar hasta la escuela, recuperar la formación moral y cívica como eje transversal.
2. Implementacion de sistemas de fiscalización que no dependan del arbitrio humano, garantizando que quien la hace, la pague.
Las autoridades deben ser las primeras en ceñirse al rigor de la norma, enviando un mensaje claro de que nadie está por encima de la ley.
Es hora de entender que el progreso no es solo cemento y varilla, sino la capacidad de vivir en orden y respeto. Sin esa zapata, cualquier edificio que construyamos como nación estará condenado al colapso.



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